La antología del Jardín

El poema más breve de Daniel Cotta en Alumbramiento, mi última lectura del 2021, dice:

“Señor, no estoy viviendo. / Estoy desenvolviendo tu regalo.”

Es una pequeña poética, que resume bien el tono del libro, y un buen recordatorio para empezar este año con un deseo que es a la vez un propósito y una petición: ojos para ver desde una perspectiva más sobrenatural, más contemplativa, que es casi lo mismo que decir más agradecida.

Si algo le debemos a la poesía es, precisamente, que nos da ojos para ver, nos obliga a pararnos y nos ayuda a habitar una realidad que quizá hasta entonces no habíamos considerado con la debida atención. Yo este año quisiera combatir más intencionalmente los tirones de la economía de la atención. Mucho se ha dicho al respecto (véase, especialmente, The Social Dilemma) y no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de las heridas sociales y en la vida de cada uno. Si ya hay una ley en el cuerpo que nos hace hacer lo que no queremos, ¿cómo es que abrazamos con tanta liberalidad esa otra ley de la economía de la atención que nos lleva por donde no queremos?

Vengo aquí, pues, a proponer una modesta idea que leí hace unos meses en un artículo del el New York Times, “My Secret Weapon Against the Attention Economy” (por si no abre, aquí hay un pdf): Leer un mismo poema durante un mes. Puede convertirse en un pequeño ritual para comenzar el día y poco a poco, a fuerza de repeticiones, se va ahondando en el poema, no sólo se navega por la superficie de las palabras, sino que se llega a esos otros niveles más intuitivos, más corporales y rítmicos, la unión entre sentido y sonido. Son cosas que una lectura rápida no alcanza. Como los poemas, además, suelen ser breves, no es mucho pedir una lectura lenta, que es precisamente la antítesis de las exigencias de la economía de la atención. Y la lectura lenta tiene frutos dulcísimos. El que los probó los sabe. Por algo me he vuelto ferviente de la devoción que ha propuesto Gregorio Luri a Nuestra Señora de la Lectura Lenta. La piedad que implica una lectura lectura está muy bien explicada en el artículo del New York Times. No se lo pierdan.

Yo por mi parte me he propuesto publicar en otro blog, exclusivamente dedicado a esto, un poema diario. Será “La Antología del Jardín“: Una selección personal de poemas que me gustan. Como vivo entre dos mundos, en inglés y en español, voy a ir alternando entre los dos, sin rigideces, pero intentando mantenerlos balanceados. Las traducciones de poemas escritos en otros idiomas irán en inglés o en español, dependiendo de las versiones que haya leído y que me gusten. Lo hago para fijarme más, para pensar un poco más en el poema, y para ofrecer una selección personal a quienes a veces me preguntan por dónde empezar a leer a poesía. Como cada quien tiene que encontrar los autores que le mueven, mi única respuesta es indicar cuáles me han movido a mí. Quizá el ejercicio vaya estableciendo sus propias líneas de conversación y, en todo caso, servirá para leer otra vez y con una atención nueva, que es la línea contemplativa que me gustaría seguir este año.

Les doy la bienvenida a este sector, el más florecido del Jardín de la Academia, pues como dice Enrique García-Máiquez, los versos más míos los han escrito siempre otros poetas.

Historias de Navidad

Esta belleza de cuadro (2021) está en Oakcrest School (Virginia, EEUU)

La Navidad—concuerdan los expertos en storytelling—es la historia más grandiosa jamás contada, aún a pesar de lo sumario que son siempre los evangelios. Cabe pensar que Dios ha querido que el color de las historias, la tercera dimensión, las voces silenciadas en el papel, todo eso cobre vida en el interior de cada persona, en la intimidad de la oración y el juego de la imaginación. La época navideña (la auténtica: no se pierdan el ensayo satírico de C.S Lewis al respecto) es el tiempo ideal para dejar que la imaginación tome vuelo y nos regale audacias que no pueden ser mayores que aquella del Hijo de Dios envuelto en pañales. Los villancicos y los pesebres, que es de lo más encantador de estas fechas, contienen todo el esplendor de una tradición riquísima al respecto.

Vengo aquí a traer dos ejercicios portentosos (y deliciosos) de esa imaginación. A cambio, me encantaría escuchar otras sugerencias, por folklóricas que sean, para seguir disfrutando de estas Navidades.

La primera es un corto animado ruso, Rozhdestvo (Navidad), de 1996. Después de la Revolución Rusa, la Navidad estuvo prohibida durante gran parte del siglo XX, así que impresiona ver la fecha. La animación es muy distinta a la que estamos acostumbrados, menos cálida y más ominosa, con música de Beethoven y Bach, pero logra captar muy bien la sencillez de todos los personajes. El resultado me parece muy conmovedor.

La segunda sugerencia es una meditación navideña en inglés que me llegó el año pasado. No es una meditación cualquiera, sino una meditación-contemplativa: es la historia de la Navidad (“Christmas Tonight“) a través de los ojos de María y José, en la que se entremezclan los recuerdos del matrimonio y la vida en Nazaret. Es ideal para sentarse frente a un pesebre (o Belén o Crèche) y dejar que la imaginación haga de las suyas.

Aún es Adviento, pero la espera se me hace larga y como hoy comenzamos en Colombia nuestra tradicional Novena de Aguinaldos, ya puedo empezar a decir el más gozoso de los deseos: ¡Feliz Navidad!

El primer evento en un bar desde el COVID

No es el primero, en realidad. Este verano estuve en un pueblito en Texas en el que parecía que nadie había escuchado hablar del coronavirus. El único restaurante-bar del pueblo estaba abierto y había música en vivo. Sí que había un mensaje en la puerta que pedía a los clientes abstenerse de bailes, pero por lo demás, nadie llevaba mascarillas y las mesas largas, compartidas, invitaban a compartir tus fried pickles con el vecino, mientras cuatro hombres, canosos, con barbas y sombreros pasaban de una especie de country rock a otra música suave, esa del vaquero nostálgico, el fondo ideal para las confidencias. 

Este otro evento, sin embargo, ha sido el primero en este otro universo que es Washington D.C., así que hay que celebrarlo con cierto bombo. Ha sido, además, un recital de poesía, organizado por Image Journal, mi revista favorita de poesía, y LOGOS, un grupo poético que organiza “liturgically-inflected poetry readings”. Fui armada con cierto escepticismo, el mismo que siento ante todo lo que suene “experimental”, pero salí con la sensación de haber escuchado a dos grandes poetas. La poesía se defiende sola. Aunque yo no había leído nada de los poetas, ambos son conocidos. Jericho Brown ganó recientemente el Pulitzer de poesía y Marilyn Nelson lo ha ganado casi todo. Nelson fue la que más me impresionó. Ya se sabe lo espinosas que son las cuestiones raciales en Estados Unidos, las heridas que levantan, el shut up and listen. Pero si hay alguien a quien me gustaría escuchar con atención es a Nelson. Uno de sus libros cuenta las historias de su familia, de abuelas, bisabuelas, tataratías, en tiempos de esclavitud. Krista Tippett, en On Being (un podcast que recomiendo vivamente), la llama “the storytelling poet”, y aunque apenas la conozco del recital, su presencia y su voz me han dado la impresión de que Tippett ha captado perfectamente su esencia. Nelson tiene una voz suave y, a sus 75 años, un aire de “abuela sauce”. Rebosa de una sencillez que le da un aura de santidad. Muchos de sus poemas son “historias líricas” (as in histories), pequeñas biografías familiares y plegarias. Una maravillosa muestra de lo biográfico:

HOW I DISCOVERED POETRY

It was like soul-kissing, the way the words
filled my mouth as Mrs. Purdy read from her desk.
All the other kids zoned an hour ahead to 3:15,
but Mrs. Purdy and I wandered lonely as clouds borne
by a breeze off Mount Parnassus. She must have seen
the darkest eyes in the room brim: The next day
she gave me a poem she’d chosen especially for me
to read to the all except for me white class.
She smiled when she told me to read it, smiled harder,
said oh yes I could. She smiled harder and harder
until I stood and opened my mouth to banjo playing
darkies, pickaninnies, disses and dats. When I finished
my classmates stared at the floor. We walked silent
to the buses, awed by the power of words.

Y una muestra de una pequeña plegaria que logra ser humorística e inculpadora al mismo tiempo, como la canción de Janis Joplin que comienza “Oh lord won’t you buy me a Mercedes Benz”

INCOMPLETE RENUNCIATION

Please let me have
a 10-room house adjacent to campus;
6 bdrooms, 2½ baths, formal
dining room, frplace, family room,
screened porch, 2-car garage.
Well maintained.
And let it pass
through the eye of a needle.

El ritmo de la noche (lo de la “liturgically inflected poetry”) era el siguiente: Cada poeta recitaba sus poemas, luego había un rato de conversación sin micrófonos entre las personas del público, lo que Nelson en aquel episodio de On Being llama “communal pondering”. Aquí el bar de Texas y DC se daban la mano: mesas largas compartidas con extraños, donde el nice to meet you fluye bastante bien, la verdad. Luego de la conversación improvisada, un rato de conversación entre el maestro de ceremonias y el poeta, con algunas preguntas del público. Primero Brown, luego Nelson. Al final, invitaron a cada uno a que le preguntara algo al otro. Brown, joven y efervescente; Nelson, ya mayor y contemplativa. Brown, que no podía ocultar su admiración por Nelson, nos regaló el mejor momento de la noche cuando le preguntó a Nelson por uno de sus poemas, que no había leído. “Minor Miracle… Can you tell us how that poem came to be? Did that reeaally happen?” “Oh yeah, it happened” Y así nos regaló la lectura de este poema. Aquí está en la voz de Nelson, por si quieren acompañar la lectura.

MINOR MIRACLE

Which reminds me of another knock-on-wood
memory. I was cycling with a male friend,
through a small midwestern town. We came to a 4-way
stop and stopped, chatting. As we started again,
a rusty old pick-up truck, ignoring the stop sign,
hurricaned past scant inches from our front wheels.
My partner called, “Hey, that was a 4-way stop!”
The truck driver, stringy blond hair a long fringe
under his brand-name beer cap, looked back and yelled,
“You fucking niggers!”
And sped off.
My friend and I looked at each other and shook our heads.
We remounted our bikes and headed out of town.
We were pedaling through a clear blue afternoon
between two fields of almost-ripened wheat
bordered by cornflowers and Queen Anne’s lace
when we heard an unmuffled motor, a honk-honking.
We stopped, closed ranks, made fists.
It was the same truck. It pulled over.
A tall, very much in shape young white guy slid out:
greasy jeans, homemade finger tattoos, probably
a Marine Corps boot-camp footlockerful
of martial arts techniques.

“What did you say back there!” he shouted.
My friend said, “I said it was a 4-way stop.
You went through it.”
“And what did I say?” the white guy asked.
“You said: ‘You fucking niggers.’”
The afternoon froze.

“Well,” said the white guy,
shoving his hands into his pockets
and pushing dirt around with the pointed toe of his boot,
“I just want to say I’m sorry.”
He climbed back into his truck
and drove away.

Y prácticamente así terminó la noche. Todos aplaudimos.

Y una semana después, sigo leyendo todo lo que me encuentro.

Rescato un jardín del Evangelio

Michael Pakaluk, colega de mi universidad, ha publicado recientemente su traducción de los evangelios de san Marcos y san Juan. Cada una de sus versiones lleva un título que refleja la premisa de fondo. “Mary’s Voice in the Gospel According to John” y “The Memoirs of St. Peter”. Ya en los títulos se refleja la luz bajo la cual Pakaluk lee cada texto: Si Juan recibió a María en su casa, ¿cuántas conversaciones sobre Jesús no tendrían y cómo no iban a reflejarse esas conversaciones en el Evangelio? Y de san Marcos se dice que es el Evangelio en el que la sensación de inmediatez, de la cercanía con los eventos, es más evidente. Algún estudioso de los Evangelios ha dicho que es “esencialmente, una transcripción de lo vivido”. Pero como Marcos no fue uno de los discípulos como para tener la autoridad de escribir con la viveza de un testigo ocular, la tradición de la Iglesia (atestiguada desde Papías de Hierápolis, un discípulo de Juan) ha considerado que el Evangelio de Marcos encierra la narrativa de Pedro. Son “las memorias de San Pedro”, decía san Justino.

Las versiones de Pakaluk vienen acompañadas de comentarios breves, que ayudan a ver el texto con ojos nuevos, como si lo leyéramos por primera vez. A mí me han parecido fascinantes. No son comentarios teológicos ni filológicos. En su mayoría son descriptivos o dan una clave de lectura que sirve para prestar más atención a los gestos y las palabras. No hay un texto como el Evangelio que guarde tantas riquezas, pero es probable que ningún otro texto corra el mismo riesgo de que lo demos todo por sabido. Para mí el mayor regalo de los comentarios de Pakaluk ha sido el ejercicio de lectura lenta, los muchos pequeños detalles que me ha ayudado a ver. Un ejemplo entre muchos: Cuando Jesús dice “Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?”, Pakaluk nota que al preguntar dos veces, Jesús está sugiriendo que el Reino de Dios es demasiado grande para poder compararlo con nada. Hasta aquí, nada sorprendente. Pero luego añade que Jesús está creando la tensión para la sorpresa que vendrá ante su paradójica respuesta, que refleja el buen humor de Jesús y le habrá sacado a algunos una sonrisa: “¡Es como un grano de mostaza!”

Aquí vengo, sin embargo, a hablar de otra escena, quizá la mayor sorpresa que Pakaluk me ha descubierto. Es el momento previo a la bien conocida multiplicación de los panes y de los peces:

Él les dijo: “¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.” Y después de averiguarlo dijeron: “Cinco, y dos peces.” Entonces les mandó que acomodaran a todos por grupos sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta.”

Ahora miremos la traducción de Pakaluk:

He says to them, “How many loaves do you have? Go find that out.” They make a determination and say, “Five. And two fish as well.” So the told them to have everyone sit down and form as it were dinner parties, side by side, on the green grass. And they sat down in groups of a hundred and groups of fifty, looking like flower beds, set side to side.”

Wait—Looking like flower beds?! Pues sí, es lo que dice el griego, aunque ni en español ni en inglés se traduzca así:

ὁ δὲ λέγει αὐτοῖς· πόσους ἄρτους ἔχετε; ὑπάγετε καὶ ἴδετε. καὶ γνόντες λέγουσι· πέντε, καὶ δύο ἰχθύας. καὶ ἐπέταξεν αὐτοῖς ἀνακλῖναι πάντας συμπόσια συμπόσια ἐπὶ τῷ χλωρῷ χόρτῳ. καὶ ἀνέπεσον πρασιαὶ πρασιαὶ ἀνὰ ἑκατὸν καὶ ἀνὰ πεντήκοντα.

Volvamos al español:

Él les dijo: “¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.” Y después de averiguarlos dijeron: “Cinco, y dos peces.” Entonces les mandó que acomodaran a todos por grupos [como en un festejo] (συμπόσια συμπόσια) sobre la hierba verde (ἐπὶ τῷ χλωρῷ χόρτῳ). Y se sentaron en grupos [como flores en un jardín] (πρασιαὶ πρασιαὶ) de ciento y de cincuenta.”

Pakaluk explica que estas dos expresiones “συμπόσια συμπόσια” y “πρασιαὶ πρασιαὶ” sólo ocurren aquí en la literatura griega. He ido a buscar al LSJ y, efectivamente, si buscamos τὸ συμποσίον (“simposio”), aparece que “συμπόσια συμπόσια” significa “en grupos”, con san Marcos como único ejemplo. En el Thayer’s Greek-English Lexicon of the New Testament, Thayer dice que es un hebraismo para lo que en griego sería “κατά συμπόσια”, “in parties”. Lo mismo para ἡ πρασιας, que por sí solo significa “a bed in a garden”, pero la expresión “πρασιαὶ πρασιαί” aparece como “en grupos”, también con san Marcos como único ejemplo. Pero ¿por qué no tomarlo literalmente, como lo refleja Pakaluk en su traducción?

Jesús ordena a sus discípulos a que recostaran (ἀνακλῖναι) a los presentes en grupos, como en una cena o una fiesta (un simposio). (Como sabemos, la costumbre era comer reclinados sobre el brazo izquierdo, con la mano derecha libre para comer. Aquí una ilustración de cómo estarían reclinados los apóstoles en la última cena. Algo así se replicaría también en el campo). Marcos, además, añade el detalle de la hierba verde, y así indica la época del año, la primavera, cuando la sequedad de los paisajes de Palestina daría paso a un verdor pasajero en los campos. Con este delicado apunte de Marcos es fácil imaginarse que la organización de los grupos tuviera como resultado la apariencia de pequeños jardines en el floreciente campo. “Πρασιαὶ πρασιαί”, “jardines, jardines” o “garden beds, garden beds”. He estado un rato buscando la traducción precisa de “garden bed”: ¿Parterre? ¿Arriate? Después de muchas vueltas, encuentro la quinta definición de “cuadro”: “En los jardines, parte de tierra labrada regularmente en cuadro y adornada con varias labores de flores y hierbas.” Eso es lo que expresa Marcos, lo que vería Pedro. Es una imagen inolvidable: el contraste de los distintos colores de las ropas sobre la hierba verde, como pequeños jardines bien cultivados. ἡ πρασιας, como “garden bed” y “cuadro” expresan un cierto orden, como esas fotos de tulipanes plantados en hileras, donde se reconoce la mano de un jardinero. Es emocionante que Pedro lo hubiera visto así, y así lo hubiera recordado. Jesús dijo que considerásemos el esplendor de los lirios del campos—más vale que rescatemos estos.

Varias reflexiones sobre la soledad

Cada cierto tiempo surgen pequeñas constelaciones de artículos y discusiones en diferentes medios alrededor de un tema que, por lo general, responden al algo en concreto (una nueva ley, el comentario de un político, otro artículo que ha generado interés). Otras veces, sin embargo, las constelaciones parecen más bien accidentales y es difícil trazar el árbol genealógico a una misma raíz. A veces las constelaciones sólo existen para quien se haya topado con esas distintas discusiones, con la sensación de que éstas se han alineado por alguna razón, que no es coincidencia que a propósito de nada muchos estén hablando de lo mismo. Me ha pasado recientemente con la soledad. Quizá sea uno de los principales temas de nuestro tiempo.


Hace unas semanas leí un comentario de Austin Kleon sobre el nuevo (post-COVID) libro de Kristen Radtke, Seek You: A Journey Through American Loneliness, que me generó la suficiente curiosidad como para pedirlo a la biblioteca. Kleon decía que es un libro difícil de categorizar. Un ensayo gráfico, una especie de documental, entre lo memorístico y lo periodístico, sobre un mal muy de nuestro tiempo y al parecer muy norteamericano: la soledad. Quien disfrute de las novelas gráficas, encontrará en este libro el mismo encanto. Las ilustraciones son estupendas y especialmente efectivas para transmitir la experiencia de la que se habla. Muchas, incluso, dan en el clavo y son iluminadoras. Sin decir mucho, uno inmediatamente se siente reconocido. En este sentido es un libro hasta poético: muy de tocar y ver.


Mientras lo leía, Agnes Callard publicó un artículo en The New Yorker, “The Problem of Marital Loneliness”, sobre el remake de “Scenes of Marriage”, la película de Ingmar Bergman. Antes de entrar en la discusión sobre la versión de HBO, Callard comienza con una escena de su propio matrimonio, un reconocimiento del tipo de compromisos que hay que hacer para salvar la infinita distancia entre una y otra alma. Hasta en un buen matrimonio, los seres humanos tenemos una sed de conexión que nadie en este mundo puede satisfacer completamente. Esta especie de soledad, a diferencia de la que habla el libro de Radtke, no es uno de los males de nuestro tiempo. Es más bien una realidad antropológica en la que muchos ven una especie de prueba subjetiva de la existencia de Dios. Callard no habla de esto, pero es lo que pensé al leer el artículo: “Marriage is hard, even when no crises loom, and even when things basically work. What makes it hard are not only the various problems that arise but the lingering absence that is felt most strongly when they don’t. The very closeness of marriage makes every bit of distance palpable. Something is wrong, all the time.”

Kristen Radtke también tiene una breve escena de su matrimonio en su libro—y cómo a veces se asoma esa sombra de “la soledad marital”

Según Callard, la versión de HBO disuelve completamente la esencia de la visión de Bergman y las preguntas difíciles de la versión original: “Bergman suggested that marriage was meant to address a metaphysical need: our connection to reality. Levi, by contrast, sees marriage as a way of navigating one’s place in the economic and social order…What was, in Bergman’s hands, a horrifying picture of the limits of human contact becomes, in Levi’s, a set of increasingly independent journeys of personal growth.” Me imagino que la versión de Bergman es deprimente. De hecho, al parecer, los divorcios en Suecia aumentaron notablemente bajo la influencia de la película. Pero si Callard tiene razón, yo la pondría en cursillos prematrimoniales, precisamente como un polo a tierra: hasta el amor humano, quizá lo más grandioso que se puede encontrar en este mundo, tiene sus límites. Estoy convencida de que muchos divorcios tienen en su raíz una falta de realismo, esto es, de comprensión de la naturaleza humana.

En Itinerarios de Vida Cristiana, un libro de Mons. Javier Echevarría, hay un capítulo que he releído muchas veces, y he vuelto a leer a raíz de estas reflexiones. Habla precisamente de esa “sombra de amargura” que aparece en muchas relaciones cuando no se logra el grado de intensidad que se desearía.

El ser humano posee una capacidad de infinito que sólo el Infinito, Dios mismo, puede saciar. Hay en nosotros un fondo que nada ni nadie, excepto Dios, logra llenar; y, en consecuencia, existe —incluso en las más grandes amistades y en los más grandes amores— una cierta experiencia de límite, de soledad no superada. En ocasiones, esa experiencia engendra miedo, repliegue sobre sí mismo para conservar un reducto de intimidad en el que nadie entre; en otras, impulsa hacia adelante, a buscar algo más. De este modo se encauza una inquietud del espíritu que sólo en Dios puede encontrar finalmente reposo. Es de Dios, y sólo para Dios, la morada última y más profunda de nuestro corazón.


Luego de Callard, sin buscarlos, me llegaron notificaciones de dos podcasts: un episodio de EconTalk (del 27 de septiembre) con Noreena Hertz, autora del libro The Lonely Century: How to Restore Human Connection in a World that’s Pulling Apart. (Es curioso, por cierto, lo similares que son las portadas de este libro y el que otro que mencionaba arriba. A mí me gusta salir a caminar por las noches en mi vecindario—casas, no apartamentos—y siempre me entra un cierta nostalgia al ver las luces encendidas en la intimidad de las casas. Nunca había pensado en esto en términos de soledad, pues estas casas, a diferencia de las de las imágenes, son casas de familias, pero algo de eso hay: al fin y al cabo esa ventana a la que miro no es mi casa y estoy a años luz de distancia de esa luz—creo que hay un poema de Miguel d’Ors sobre esto).

Sentirse solo es más que la sensación de no tener a nadie cerca. Hertz dice que la soledad de la que ella habla es una sensación de desconexión en general, desconexión de los amigos, la familia, pero también de la realidad, del gobierno, del trabajo. Callard, en su artículo, hablaba de esa necesidad metafísica de conexión que todos sentimos. Es una necesidad tan honda que sentirse desconectados, así en general, por mucho que objetivamente alguien no esté solo, es dolorosísimo. Hertz ve en las redes sociales y el capitalismo neoliberal los principales culpables de este flagelo. Russ Roberts, como buen libertario, reacciona ante la crítica al capitalismo: “Yeah, so I don’t buy that at all, for a lot of reasons. So, let me try to lay it out a little bit and you can respond.” Es lo que me gusta de las conversaciones en EconTalk, lo auténticamente Socráticas que son, el buen give and take. Roberts pone el énfasis en lo que los individuos deben hacer para crear mejores comunidades. Que el gobierno tiende a destruir las comunidades que toca. Hertz dice que es cierto que mucho lo que hay que hacer como individuos, pero que también hace falta una infraestructura y que los gobiernos tienen que crear oportunidades para que las personas hagan más cosas en común. Que el fervor que Trump generó en cierto sector de la población responde precisamente a que son sectores que se han sentido ninguneados por el gobierno y que han perdido la sensación de pertenencia al resto de la sociedad. En fin, allí está la discusión para quien le interese. Muy recomendada.


Sin embargo, si de optar por un solo podcast se tratase, me atrevería a recomendar aún más un episodio en el podcast del Trinity Forum que vi—otra coincidencia—al día siguiente del de EconTalk: “The Lonely American: Rootedness and Reconciliation in a Riven Land”. Es la grabación de un evento del Trinity Forum con Ben Sasse, el Senador de Nebraska, y Russell Moore. Si yo pudiera lanzar a alguien a la presidencia, no sólo mi voto iría por Ben Sasse, sino también mi entusiasmo y hasta me pondría en las filas del voluntariado político que siempre me ha espantado. Ben Sasse es quizá el único político que genera en mí esa especie de admiración y pasión que tantos otros sienten por los suyos. La primera vez que escuché hablar de él fue a raíz de una de las muchas discusiones sobre el aborto en Estados Unidos. Quienes defienden el aborto no aceptan la pregunta sobre la diferencia entre un aborto y un infanticidio, a pesar de que se abortan fetos que bien podrían sobrevivir fuera de la madre. Ben Sasse puso el dedo en la llaga al promover el “Born-Alive Abortion Survivors Protection Act”, para proteger la vida del bebé que haya nacido vivo después de un intento fallido de aborto. Como él mismo ha dicho muchas veces, esta ya no es una cuestión acerca del aborto como tal, sino de garantizar que todo bebé nacido reciba toda la atención y cuidado que necesita. (La implicación es que simplemente dejar morir al bebé es una opción válida). Al día de hoy, hasta donde tengo entendido, no ha logrado la mayoría de votos que necesita en la Casa de Representantes.

Mi otro “encuentro” con Sasse fue en la audiencia de Amy Coney Barrett durante su nominación para la Corte Suprema de Justicia. La intervención de Sasse me pareció estupenda: una clase magistral sobre la diferencia entre civismo y política, que expresa con tremenda claridad la hiper-politización de nuestra época. Habrá a quienes les parezca condescendiente, pero si hay algo cierto acerca de nuestro tiempo es que no pueden darse por hecho ni las verdades más probadas, y a veces decirlas en voz alta es exponerse al ridículo.

También vi a Sasse en un documental sobre varias personas involucradas en política con un claro sentido de estar llevando a cabo su vocación cristiana: “For Love of Neighbor: Politics for the Common Good”. Es documental muy esperanzador. Pero en fin, todo esto es una larga introducción a por qué tengo buena disposición a todo lo que Ben Sasse tenga por decir. Esta conversación sobre la soledad no hizo más que afianzar mi impresión. El punto esencial de Sasse es una defensa del arraigo. Algunas de sus ideas:

1. La revolución digital es más relevante que el momento político en el que vivimos. Es una revolución que nos está haciendo nómadas, sin raíces. Muchos problemas se derivan de esto, como el hecho de haber perdido la noción del “nosotros”, por haber pedido la distinción entre las comunidades locales y las nacionales.

2. Para entender el alcance de la revolución industrial, podemos mirar hacia dónde va la economía. Por primera vez en la historia, los ricos no quieren más cosas. Nos estamos moviendo hacia una economía en la que el precio del alquiler va a ser mucho menor que el precio del almacenaje. Antes que acaparar un montón de cosas (un taladro, por ejemplo) y tener que pagar por el mantenimiento y el almacenaje, más vale tener un buzón grande donde recibir los envíos a través de los drones (si sé que voy a usar un taladro en las próximas dos horas, puedo alquilarlo baratísimo, ¿para qué tener uno si rara vez lo voy a usar?). La revolución digital nos va a permitir mucha más movilidad, pero la pérdida del lugar es también una perdida de las relaciones atadas a ese lugar. Y sin relaciones, ¿qué se puede esperar de la política? La política no puede suplantar las bases de una polis. El rol de la política es mantener un marco de libertad y orden para que las comunidades locales puedan florecer, allí donde realmente se encuentra el sentido y la felicidad. La tecnología nos susurra: “¡Puedes vivir sin raíces!”. Pero la realidad, dice Sasse, es que no podemos vivir sin raíces y ser felices al mismo tiempo.

3. El momento que estamos viviendo no es totalmente nuevo, sino que hay muchos paralelos con la revolución industrial en Estados Unidos y el éxodo de la América rural hacia las ciudades industrializadas. A diferencia de las sólidas comunidades rurales locales, en las ciudades había una sensación de anonimato y soledad… hasta que eventualmente se fueron formando nuevos puntos de encuentro y comunidad. En otras palabras: hay esperanza.

Que todos estemos un poco solos no es consolador, pero sí esperanzador. Yo veo esperanza, por ejemplo, en lo mucho que se habla últimamente sobre “localismo”, los clamores por una tecnología más humana, la invitación a un uso más consciente de las tecnologías (en este sentido son muy buenas las 41 preguntas de L. M. Sacasas, que han “explotado” recientemente gracias al podcast de Ezra Klein).

No podemos vivir de espaldas a los deseos del corazón. Allí donde nos sintamos queridos y necesitados, allí donde podemos lograr un pequeño cambio, allí es donde hay que poner las apuestas: el tiempo, el corazón, la carne en el asador.


Hasta aquí esta serie de encuentros fortuitos con varias discusiones sobre la soledad. Tengo otras pendientes, como el libro de Erik Varden del que hablaba hace unos meses Daniel Capó, The Shattering of Loneliness (al parecer los links del Debate de Hoy ya no funcionan en eldebate.com). La conexión entre la memoria y la superación de la soledad me parece prometedora, y quizá también hable de esa otra cara de la soledad, que en inglés llaman solitude, la buena soledad, la de la vida interior.

En la fiesta de san Mateo

En la fiesta de san Mateo traigo una poema de Adam Zagajewski, inspirado en el cuadro de Caravaggio. Según cuenta su traductora, fue la última traducción que Zagajewski aprobó antes de su muerte, uno que, además, le llevó mucho tiempo traducir. Tiene también el encanto de ser un homenaje a Wislawa Szymborska. Como en “Eternal Enemies”, Zagajewski menciona el cuadro en tres poemas, ya se ve que sentía una especial atracción por él y por el hecho de que hubiera que poner una monedillas para que se hiciera la luz y comenzara la admiración.

En el poema “Rome, Open City”:

The holidays approach, when the heathens go to church.

    Via Giulia: magnolia blossoms keep their secret.

A moment of light costs just five hundred lire, which you toss

    into a black box.

We can meet on the Piazza Navona, if you want.

Matthew keeps asking himself: was I truly

    summoned to become human?

En “It depends” y en el último poema de la colección “Antennas in the rain”, que es una especie de lista con muchos de los temas del poemario, se menciona el rostro de Cristo en S. Luigi dei Francesi:

—Yet nobleness exists, if only in a painting:

Christ’s face in the Caravaggio at S. Luigi dei Francesi

Ahora, el poema dedicado exclusivamente al Caravaggio. Creo hasta ahora sólo ha sido publicado en The Times Literary Supplement. Traducción, como siempre, de Clare Cavanagh, quien nos cuenta que Zagajewski está tomando de Szymborska el recurso de transcribir las voces en un lugar. El poeta escucha y escribe:

The Calling of St. Matthew

that priest looks just like Belmondo
Wisława Szymborska, “Funeral (II)”

—Look at his hand, his palm. Like a pianist’s
—But that old guy can’t see a thing
—What next, paying in a church
—Mom, my head aches
—Sharply individuated human figures
—Keep it down please, we can’t focus
—The coins on the table, how much are they worth
—His operation’s just three weeks away
—I’d say silver, definitely silver, but not pure
—Lord, how lovely
—To adorn the Contarelli Chapel
—Which one is Matthew, the young guy or the old?
—We almost got robbed on the subway today
—Two generations of European artists took it as their model
—Look, there’s a cross in the window
—The light went out again
—The wall on the left is so black, like the world’s end
—Have you got another euro or fifty cents?
—Can’t be the young guy
—They’re closing soon, hurry up
—He saw a man collecting taxes
—How much are these paintings insured for
—Jesus is in shadow but his face is light
—I’m leaving now, I’ll wait outside
—Why don’t they have a guard?
—They live in semi-darkness and suddenly there’s light
—It’s going out

Veinte años del 9/11: Poesía para un mundo mutilado

“En ciertos periodos de la historia sólo la poesía—la suprema versión del lenguaje—es capaz de tratar con la realidad gracias a que la condensa en algo asible, algo que la mente no podría captar de otra manera.”

—Joseph Brodsky

Yo tenía 11 años cuando lo de las Torres Gemelas. Me acuerdo muy bien del revoloteo en el colegio. Todas las oficinas tenían los televisores encendidos y las imágenes de los aviones se repetían una y otra vez, una y otra vez, y luego en casa, una y otra vez.

Desde entonces, he sentido esa especie de atracción y temblor que generan ese tipo de tragedias. Hay toda una literatura de artículos fascinantes y muy finos sobre las historias del 9/11 que he leído con curiosidad y reverencia. La última historia del Atlantic, “Grief, conspiracy theories, and one family’s search for meaning in the two decades since 9/11”, es una buena muestra. O el famosísimo artículo “The Falling Man”, sobre la foto de la que nadie quería hablar, que comienza de manera memorable:

In the picture, he departs from this earth like an arrow. Although he has not chosen his fate, he appears to have, in his last instants of life, embraced it. If he were not falling, he might very well be flying. He appears relaxed, hurtling through the air. He appears comfortable in the grip of unimaginable motion. He does not appear intimidated by gravity’s divine suction or by what awaits him.

Hace falta ese tono poético para escribir sobre lo inefable. Es más, cabe decir que sólo la poesía—por extensión la música—puede ofrecer consuelo cuando el dolor quiebra el uso ordinario de las palabras.

Hay un artículo del New York Times, escrito un par de semanas después de los ataques, que captura “el inquietante poder íntimo” que tiene la poesía para el consuelo: “Casi inmediatamente después, fueron surgiendo memoriales improvisados alrededor de poemas, en los escaparates de las tiendas, en paradas de autobuses… Los poemas volaban por el ciberespacio en e-mails de uno al otro lado del país.”

Versos de W.H. Auden, escritos en septiembre de 1939: “The unmentionable odour of death / Offends the September night.”

Versos de Yeats: “All the words that I utter, / And all the words that I write, / Must spread out their wings untiring, / And never rest in their flight, / Till they come where your sad, sad heart is.”

Versos de Marianne Moore: “What is our innocence, / what is our guilt? All are / naked, none is safe.

Versos de Shakespeare: “When I have seen by Time’s fell hand defaced / The rich proud cost of outworn buried age; / When sometime lofty towers I see down-rased / And brass eternal slave to mortal rage; […] / Ruin hath taught me thus to ruminate, / That Time will come and take my love away. / This thought is as a death, which cannot choose / But weep to have that which it fears to lose.”


En el 2001, Billy Collins, uno de mis poetas preferidos, tenía el terrible honor de ser el poeta laureado de los Estados Unidos. La poesía, siempre moviéndose al margen, de repente comenzó a ser la lengua franca entre quienes más sufrían. En un comentario para el artículo citado, Collins apuntaba: “Es interesante que en tiempos de crisis no nos volvemos hacia la novela o decimos ‘Es hora de ir al cine’ o ‘Un ballet podría ayudarnos’. Siempre es la poesía. Lo que queremos oír es una voz humana hablándonos directamente al oído.”

Al año siguiente, el Congreso le pidió a Collins que escribiera un poema con ocasión del primer aniversario de los ataques. Una cosa es acudir a poemas que ya se han escrito en busca de consuelo. Otra cosa es escribir cuando aún están abiertas las heridas… ¡y para un evento del Congreso! Alguien dijo que quizá para los “first responders” y Collins pensó que no, que él no se prestaría para eso, por mucho que Nueva York fuera su ciudad y el dolor de tantos fuera también muy suyo. El estilo de Billy Collins, por otra parte, no tiene nada de sublime ni elegíaco. Sus poemas hablan de lo que, quizá, piensan los perros, de Cheerios (el cereal), de ratones de campo, ¿cómo asumir un trauma como aquél?

Si al final escribió uno, cuenta Collins, es porque el poema se llegó él solo, como tocando a la puerta. Una madrugada se le ocurrió que el poema tenía que centrarse en honrar a los muertos, sin tocar en los otros grandes asuntos geopolíticos, y que necesitaba ciertas restricciones, unos límites claros. Pensó entonces que las letras del abecedario serían el hilo conductor que lo guiaría en el poema. Así surgió el poema “The Names”, en el que usa el nombre de una de las víctimas por cada letra. La única letra para la que no había un nombre era la “X”—y de esa nota accidental surge uno de los versos más impactantes. Es un poema bellísimo, que logra incluso trascender su naturaleza ocasional de la sesión especial que tuvo el Congreso en Nueva York.

The Names

Yesterday, I lay awake in the palm of the night.
A soft rain stole in, unhelped by any breeze,
And when I saw the silver glaze on the windows,
I started with A, with Ackerman, as it happened,
Then Baxter and Calabro,
Davis and Eberling, names falling into place
As droplets fell through the dark.
Names printed on the ceiling of the night.
Names slipping around a watery bend.
Twenty-six willows on the banks of a stream.
In the morning, I walked out barefoot
Among thousands of flowers
Heavy with dew like the eyes of tears,
And each had a name —
Fiori inscribed on a yellow petal
Then Gonzalez and Han, Ishikawa and Jenkins.
Names written in the air
And stitched into the cloth of the day.
A name under a photograph taped to a mailbox.
Monogram on a torn shirt,
I see you spelled out on storefront windows
And on the bright unfurled awnings of this city.
I say the syllables as I turn a corner —
Kelly and Lee,
Medina, Nardella, and O’Connor.
When I peer into the woods,
I see a thick tangle where letters are hidden
As in a puzzle concocted for children.
Parker and Quigley in the twigs of an ash,
Rizzo, Schubert, Torres, and Upton,
Secrets in the boughs of an ancient maple.
Names written in the pale sky.
Names rising in the updraft amid buildings.
Names silent in stone
Or cried out behind a door.
Names blown over the earth and out to sea.
In the evening — weakening light, the last swallows.
A boy on a lake lifts his oars.
A woman by a window puts a match to a candle,
And the names are outlined on the rose clouds —
Vanacore and Wallace,
(let X stand, if it can, for the ones unfound)
Then Young and Ziminsky, the final jolt of Z.
Names etched on the head of a pin.
One name spanning a bridge, another undergoing a tunnel.
A blue name needled into the skin.
Names of citizens, workers, mothers and fathers,
The bright-eyed daughter, the quick son.
Alphabet of names in a green field.
Names in the small tracks of birds.
Names lifted from a hat
Or balanced on the tip of the tongue.
Names wheeled into the dim warehouse of memory.
So many names, there is barely room on the walls of the heart.


Wislawa Szymborska también escribió un poema, probablemente inspirada en la fotografía en la que se basa el tremendo artículo de Junod que mencionábamos arriba. Como Billy Collins, al final hay una insinuación a todo lo que no cabe en el poema, lo que no se puede decir.

Fotografía del 11 de septiembre

Saltaron hacia abajo desde los pisos en llamas:
uno, dos, todavía unos cuantos
más arriba, más abajo.
La fotografía los mantuvo con vida,
y ahora los conserva
sobre la tierra, hacia la tierra.
Todos siguen siendo un todo
con un rostro individual
y con la sangre escondida.
Hay suficiente tiempo
para que revolotee el cabello
y de los bolsillos caigan
llaves, algunas monedas.
Siguen ahí al alcance del aire,
en el marco de espacios
que justo se acaban de abrir.
Solo dos cosas puedo hacer por ellos:
describir ese vuelo
y no decir la última palabra.

(Versión de Gerardo Beltrán y Abel Murcia)


El poema “oficial” del 9/11, sin embargo, fue el otro polaco, Adam Zagajewski. El 24 de septiembre del 2001, The New Yorker cerró su edición con un poema que Zagajewski había escrito el año anterior, pensando en las aldeas que quedaron desoladas tras el desplazamiento de los pueblos ucranianos y lemkos por las autoridades comunistas durante la segunda guerra mundial. Que un poema pueda adquirir un significado nuevo en un contexto completamente distinto es una de las maravillas de la literatura, que lo más concreto pueda volverse lo más universal.

Try to Praise the Mutilated World

Try to praise the mutilated world.
Remember June’s long days,
and wild strawberries, drops of wine, the dew.
The nettles that methodically overgrow
the abandoned homesteads of exiles.
You must praise the mutilated world.
You watched the stylish yachts and ships;
one of them had a long trip ahead of it,
while salty oblivion awaited others.
You’ve seen the refugees heading nowhere,
you’ve heard the executioners sing joyfully.
You should praise the mutilated world.
Remember the moments when we were together
in a white room and the curtain fluttered.
Return in thought to the concert where music flared.
You gathered acorns in the park in autumn
and leaves eddied over the earth’s scars.
Praise the mutilated world
and the gray feather a thrush lost,
and the gentle light that strays and vanishes
and returns.

(Esta la versión de Clare Cavanagh que se publicó en el New Yorker. Hay un pequeño error, que me encanta, culpa de un pequeño doblez en el escaneado que le envió Zagajewski. Lo cuenta Cavanagh en una entrevista que le hicieron tras la muerte del poeta. En lugar de “drops of wine, the dew” tendría que decir “drops of rosé wine”. Pero, felix culpa, ¿no es estupendo ese toque del rocío?” Aquí hay una traducción del inglés al español).

Es un poema bellísimo, con ese ritornello tan consolador, a medida que van cambiando de intensidad:

Intenta celebrar el mundo mutilado.
Tienes que celebrar el mundo mutilado.
Deberías celebrar el mundo mutilado.
Celebra el mundo mutilado.

Quizá esa sea la principal labor del poeta. Quizá por eso, como decía Billy Collins, en tiempos difíciles al final siempre se vuelve a la poesía.


Rilke—por algo es el poeta que es—lo decía mejor:

Tell us, poet, what is your task?
—I praise.
But the murderous things, the monstrous things,
how do you endure them, how can you bear them?
—I praise.
But the mysteries which are anonymous and nameless, how, poet, can you still invoke them?
—I praise.
By what right can you presume, in all your disguises,
and in every kind of mask, to remain true?
—I praise.
And how is it that both stillness and turbulence know you like star and storm?
—Because I praise.

(Versión de Jurg Schmid y Paul Murray)

Este blog es un jardín (II)

Este blog es un jardín, decíamos. Pero un jardín que echa raíces en la herencia de la Academia, el sitio donde Platón conversaba con sus amigos. La Academia, cuenta Diógenes Laercio, era un pequeño jardín (κηπίδιον), un lugar boscoso (ἀλσώδης) fuera de las murallas de Atenas que llevaba el nombre de un legendario héroe griego, Academo. Por esto, era considerado un lugar sagrado y, al parecer, Platón mismo instituyó allí un templo a Apolo y a las Musas (un Μουσεῖον, de donde vienen nuestros “museos”). En ese ambiente florecía la filosofía, la geometría, la astronomía, la música—la búsqueda de la verdad a través de un diálogo constante. A esta arboleda de la Academia se refería el poeta romano Horacio en una de sus cartas en la que decía que a Atenas le debía la voluntad de distinguir lo bueno de lo malo y de “buscar la verdad entre los bosques de Academo” (“atque inter silvas Academi quaerere verum”: Las palabras en la cabecera del blog son una adaptación de esa frase).

En uno de sus diálogos, Platón describe un locus amoenus, fuera de las murallas de Atenas, que pareciera describir el entorno natural y sagrado (pues hay un altar y un templo) de la Academia. Al encontrarse con Fedro, Sócrates señala un lugar donde pueden sentarse a leer el discurso de Lisias que Fedro lleva consigo. Cuando llegan por fin al lugar señalado, Sócrates se deshace en exclamaciones ante la belleza del lugar:

¡Por Hera! Hermoso rincón, con este plátano tan frondoso y elevado. Y no puede ser más agradable la altura y la sombra de este sauzgatillo, que, como además, está en plena flor, seguro que es de él este perfume que inunda el ambiente. Bajo el plátano mana también una fuente deliciosa, de fresquísima agua, como me lo están atestiguando los pies. Por las estatuas y figuras, parece ser un santuario de ninfas, o de Aqueloo. Y si es esto lo que buscas, no puede ser más suave y amable la brisa de este lugar. Sabe a verano, además, este sonoro coro de cigarras. Con todo, lo más delicioso es este césped que, en suave pendiente, parece destinado a ofrecer una almohada a la cabeza placenteramente reclinada.

Las cigarras ocuparán un lugar central más adelante en el diálogo, pero también podemos verlas como una referencia a Platón, en una tradición a la que el mismo Diógenes se refiere cuando cita unos versos de Timón de Fliunte:

Entre todos ellos se paseaba Platón [o Platón, el gran pez: aquí hay un juego de palabras entre Πλάτων (Platón) y πλατίστακος (pez)], que hablaba con dulce voz, musical como el canto de las cigarras que, sentadas en los árboles de Academo, dejaban fluir palabras delicadas como los lirios.

(Aquí hay una referencia prácticamente verbatim a la Ilíada, el primer texto en el que se habla de una cigarra. Es curioso que Homero las mencione sólo una vez, pues será un animal que luego obsesionará a los griegos).

Bajo la sombra del plátano y del sauzgatillo, Fedro lee el discurso de Lisias, y Sócrates pronuncia otros dos discursos en honor a Eros, uno blasfemo y otro a modo de palinodia. Este último alcanza su cumbre con la célebre imagen del alma como un carro alado. Sócrates le atribuye a las cigarras—”profetas de las Musas”—la inspiración del discurso. Y allí, justo a la mitad del diálogo, cuando Fedro y Sócrates están a punto que comenzar una nueva discusión que atormentará a los comentadores de Platón hasta nuestros días (la vexata quaestio de la unidad del diálogo), Sócrates se detiene otra vez a escuchar el canto de las cigarras, que cantan como si dialogasen entre ellas. Esa mezcla entre canto y diálogo está en el corazón de la filosofía platónica y refuerza la idea de las cigarras como una imagen de Platón, cuya obra tiene esa doble vertiente de obra de arte, monumento literario, e investigación filosófica. Y aunque en la República Sócrates habla de “la antigua disputa entre filosofía y poesía” (607b), en el Fedro ambas conversan amigablemente. Así ha de ser también en este blog.

También en el Fedro, Sócrates compara al auténtico filósofo, que se preocupa más en escribir en el alma antes que en papel, con un jardinero sensato, que no planta las semillas en pleno verano sólo para verlas florecer, efímeras, durante el festival de Adonis, sino que se preocupa por plantarlas en el lugar y tiempo adecuados, aunque tenga que esperar muchos meses antes de verlas madurar.

La lógica del jardín es la lógica de la espera. Es una lógica tan difícil que siempre pienso en ella como una aspiración. Así he entendido siempre estos aforismos de Wittgenstein que varias veces he usado como lemas vitales y que hoy pongo aquí, en la entrada del jardín, como si de oráculos se tratasen:

“En la carrera de filosofía gana el que puede correr más despacio. O aquel que alcanza al último la meta”

“El saludo de los filósofos entre sí debería ser: ‘¡Date tiempo!'”

Este blog que es un jardín comienza, pues, bajo la inspiración de Platón, de su manera de entender la filosofía como modo de vida y como una conversación extendida en busca de la verdad y del conocimiento de sí—como un cultivo del alma. Y como esta nueva tierra comienza a ser arada en medio de las borrascas de una tesis sobre el Fedro, vengo a transplantar aquí el ambiente idílico en el que Sócrates y Fedro se vieron sumergidos, fuera del ajetreo la ciudad, con el deseo continuar aquí las variadísimas conversaciones que se pueden tener bajo un coro de cigarras—esas que no tienen lugar en una tesis, pero que terminan por constituir la esencia de la vida examinada.

Este blog es un jardín (I)

“God Almighty first planted a garden”. Con esa lección de estilo comienza Francis Bacon su ensayo sobre los jardines. Y aunque sé bien que más vale un buen final que un buen principio y que la santidad está en las últimas piedras, yo le tengo fe a esa esperanza que late en los comienzos; esa cosa con alas, un poco frágil, que promete tomar vuelo.

Esperanza contra toda esperanza: he decidido (re)abrir un blog.


Como Dios, yo también quisiera plantar un jardín. Uno real, con flores y vegetales, y uno con palabras. La metáfora es conocida, pero no se me ocurre una mejor para hablar de filosofía, poesía, arte, religión—el cultivo del espíritu. Durante mucho tiempo he estado como una planta de invernadero, recibiendo sol y agua; a veces durmiente, pero siempre en buenas manos. Ahora quisiera ser yo el jardinero, cuidar del suelo, plantar las semillas. Por eso he decidido comprar un terreno, poner una cerca y empezar el plantío.
Este blog es un jardín: un lugar donde trabajar en público la tierra, compartir el trabajo, las flores y los frutos. Es un intento de no ir desperdiciando las semillas a lo largo del camino por falta de atención, sino de encontrar una tierra donde plantarlas y atenderlas. Habrá plantas caducas y perennes, brotes que no florezcan, alguna que otra maleza. Con el tiempo, quizá, en un rincón habrá una rosaleda.
Todo cultivo requiere una atención constante a lo concreto. Y por paradójico que suene, vengo a Internet, esta tierra baldía de distracciones, a ejercitar por escrito la atención que tanto me hace falta. Si lo hago en estas tierras es con la esperanza, oh lector, de poder hacerlo en compañía.


Son muchos los que han hablado de la jardinería como metáfora. Joan Miró, por ejemplo, decía:

Trabajo como un hortelano o como un vinatero. Las cosas vienen lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo he descubierto de una vez. Se formó casi a pesar mío.

Y Brian Eno tiene todo un artículo en el que compara la metáfora del artista como arquitecto, que tiene de antemano la visión completa—el plano—de lo que se materializará luego, y la más acertada metáfora del artista como jardinero, que planta una semilla y espera, sin pleno control del resultado.

Una de las cosas que más me gustan de la metáfora del jardín es que las semillas no se crean sino que se encuentran, se recogen. No hay originalidad sino transplantes, podas, injertos, nuevas maneras de arar los terrenos. Las semillas están por todas partes: en libros, conversaciones, películas, podcasts, pero es tanto el ruido que es fácil perder la señal. Este terreno es, pues, para reducir el ruido. Un terreno para el silencio, para el cultivo.


Me he dado cuenta de que entiendo el Internet en términos espaciales. Quizá sea porque hablamos de “sitios” web y de “navegar” por el “ciberespacio”. En las redes sociales nos abrimos campo, pero Twitter es una plaza pública en la que se ahogan las voces. A los blogs, en cambio, siempre los he visto como grandes casas propias, rodeadas de la intimidad de quien escribe.

A mi blog preferido—el que más he disfrutado, más me ha influido y por el que siento una gratitud enorme—iba como quien visita la siempre acogedora hacienda de un amigo. Como muchas de las entradas eran anécdotas personales y familiares, era como si se me permitiera participar en ese calor hogareño, a mí, que pasaba por allí y ahora me invitaban a quedarme. Con el tiempo, podía ya ver conexiones implícitas, referencias a que a un paseante le resultarían oscuras; era ya parte de un léxico familiar, un mundo compartido.

A finales del 2020 el blog se mudó de esa hacienda (que yo me imaginaba algo así como Scrutopia) a un piso compartido en “Leer por leer”. La esencia del blog es la misma y he pensado mucho si mi lamento por el cambio no será más que la pura nostalgia. Al fin y al cabo, “Leer por leer” es un sitio estupendo y los artículos de mi barbero no han perdido un ápice de ingenio, buen humor y buena pluma.

El problema es que a “Leer por el leer” no voy directamente. Sólo voy cuando un Tweet de tal o cual persona me lanza hacia un artículo por aquí, otro por allá. A veces en la columna de uno, otras en la de otro. Todos con el mismo estilo de fuente y con algún link a un producto. Nada en contra de esto, eh, que a los autores hay que pagarles, y las empresas bibliófilas me fascinan, pero ya nos movemos por las calles de la plaza pública. Qué bien esos encuentros fortuitos con unos y otros, pero a la larga todos vamos un poco de prisa. Y qué decir de lo difícil que es volver a los artículos antiguos. Con lo bien que me he lo he pasado volviendo a las viejas entradas de “Rayos y Truenos”, esas del 2009, por ejemplo, las de aquellos tiempos en los que esperaba cada nueva entrada con ansias. Es como si todo ahora fuera más pasajero.

No es crítica a la mudanza, sino una apología al blog como forma imperecedera. Parece que van muriendo, que ya nadie comenta y sigue los blogs como antes, pero allí siguen, cual refugios, y continúan ofreciendo uno de los mejores espacios en Internet: una casa propia, con su jardín, donde empezar una conversación con uno mismo y con quien venga de paso. Como dice Austin Kleon, a quien le debo el impulso final para abrir este jardín, un sólo post no es nada, pero a lo largo de una década se termina convirtiendo en el trabajo de tu vida. Kleon ha llegado a decir que las mejores cosas que le han sucedido en su carrera han empezado como una semilla en su blog. Yo podría decir algo similar, pero refiriéndome a los blogs de otras personas, a los que debo gran parte de mis lecturas y, por tanto, de cultura. Me admiran esos blogs que, sin mayores pretensiones, crecen con el paso del tiempo.

“A lot of this — all of this — is just tending soil,” decía el gran Fred Rogers (ya hablaremos de él algún día) sobre su programa infantil. Ese cuidado del suelo es la grandeza de muchos blogs que aún siguen floreciendo. Esta es la esperanza con que abrazo este comienzo: plantar, regar—que por añadidura venga el incremento.